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Límites, seguridad y confianza. Parte 1

04/09/2012


Ilustración de Fuchsia Macaree

La semana pasada estuve en Chilpayate hablando con las mamás sobre límites y lo qué realmente significa esto de poner límites, que ahora tanto nos ocupa.
Voy a compartir por aquí algunas de las conclusiones, lo más abreviado posible para no contriubuír al exceso de información que termina por confundir, sino al revés, hacerla a un lado para poder reconectar con una misma y con los hijos.

Poner límites es educar; y educar es cuestión de hacer sentir al niño seguro o inseguro, contenido y cuidado o desestructurado y abandonado, es decir amado o no amado.
Educar no es un discurso exclusivamente; no son las órdenes que damos ni las palabras que decimos de lo que se puede o no hacer. Educar es todo lo que transmitimos a través de nuestros afectos, actos y que estos permanezcan alineados entre ellos y con nuestro discurso.

La falta de límites provoca angustia en el niño; la ausencia de límites es la presencia del caos. Los papás de pronto no creen en que esto sea cierto y se les olvida que un niño necesita de ellos que funcionen como vínculo con el mundo, una especia de guía con autoridad y seguridad(ni muy rígida ni muy laxa) que los ayude a estructurarse, conocerse y también el mundo que les rodea.
A veces, ya sea por falta de paciencia, culpa de haber trabajado todo el día o por un miedo inconsciente a que su hijo los quiera menos, a los papás les resulta difícil frustrar a al hijo y decir “no”. Complacer a sus hijos y ceder ante el deseo del pequeño es más fácil pues evita la confrontación y el tener que lidear con la respuesta negativa del pequeño. Sin embargo,  esta satisfacción inmediata es sólo para el adulto, pues el niño se desconcierta al sentirse demasiado “podersos”, él espera de sus papás que lo cuiden, ya que es a través de los cuidados que el niño recibe nuestro amor. No hay que olvidar que el niño a lo largo de su vida ya tendrá muchos amigos con quién divertirse y compañeros para “portarse mal”, tandrá abuelos y tíos que serán los responsables de consentirlo y dejarlo que se brinque las normas, pero la función de los papás no la hace nadie más. Son los papás quienes están ahí, más allá del juego y el deseo. Pues es en los primeros años que el niño necesita de sus papás para que le provean las necesidades básicas y un ambiente seguro y facilitador para que él pueda emplear toda su energía en explorar y aprender a través del juego.

Las reglas y límites deben estar en función de la seguridad, necesidad y bien estar de cada niño en específico y no de los papás.

Los límites y reglas deben ser claras, firmes y constantes para generar un ambiente predecible. La predictibilidad genera confianza y seguridad. De esta manera el niño no sólo se siente contenido y con confianza en su alrededor sino, también,  cuidado y,  por lo tanto, que importa, que vale, que es amado.

Los límites irán cambiando a lo largo del desarrollo. Cada edad implica retos y aprendizajes diferentes de acuerdo a su nivel de desarrollo. Un bebé de seis meses necesita una estructura, límites y permisos distintos a los de un niños de 2 y a los de uno de 5.Esto significa que forzosamente debemos considerar la edad y etapa del desarrollo del niño así como su temperamento y su lugar en la familia para poner límites, reglas y expectativas reales que se adecúen a la verdadera necesidad del niño y no a la necesidad de los padres.

Así como consideramos los factores del mundo del niño, como papás es aún más importante considerar también la historia personal. Hay que trabajar nuestras angustias, inseguridades, fantasías y deseos. Todo nuestro pasado, real o el que hubiéramos querido tener, nos pone una especie de velo y no nos permite escuchar y observar genuinamente al niño. Los hijos no son la oportunidad de re editar la propia infancia para evitarles o proveerles nuestras carencias y deseos.  En la medida que, como papás, hagan su trabajo personal, lograrán ser la guía con la seguridad necesaria que los niños requieren para crecer y desarrollarse. Esto implíca acompañar al niño y saber cuándo poner un límite y “tomar una decisión” por él,  y saber cuándo soltar y permitirles libremente hacer ellos sus propias elecciones.

Cada niño es una persona única en desarrollo y como papás hay que acompañarlos y dotarlos de las herramientas necesarias para enfrentar al mundo. ¿Cómo se proveen estas herramientas? A través de la educación que les demos, es decir, todo lo que le transmitimos con nuestros actos, afectos y palabras.

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